lunes, 22 de febrero de 2010

Ayer - Eladio Bulnes Jiménez

Tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta de que el viento había cesado, de que la palidez de la luna iluminaba una estrecha franja del cuarto, alargando la silueta de los objetos más próximos a la ventana. Desde mi rincón intuí, más que vi, la vaga forma de un espejo; la forma inconcreta de un mueble cualquiera consiguió llenarme de congoja, dejándome la sensación de vacío que aún hoy puedo sentir de vez en cuando. Al tiempo de levantarme, un pesado cenicero se volcó sobre la mesa. No me preocupé por limpiar nada.

Tampoco quise mirar por encima del hombro cuando atravesé aquella puerta.

La mañana siguiente fue especialmente desagradable en todos sus aspectos. La sensación de fracaso que me inundaba, al mismo tiempo contribuía a desorientarme y a afianzar la pálida melancolía que se iba apoderando de mi persona. De una manera un tanto mecánica entablé de nuevo relaciones forzadas con la vida, ocupándome de los rutinarios quehaceres domésticos con desgana. Tuve con demasiada lucidez la sensación de que, antes de limpiarlo de nuevo, el polvo acumulado sobre los muebles ya lo había visto antes, de una manera idéntica; el simétrico vuelo del ave que rompió la pulida superficie de un espejo, apenas vislumbrado de reojo en una fracción de segundo, me recordó lo ya sucedido. No obstante, decidí olvidarlo todo y releí, pues tuve tiempo para ello, un viejo relato de London, que me dejó insatisfecho en medio de esa estúpida sensación que los acontecimientos presentidos dejan por algún tenebroso rincón del inconsciente. Como en un sueño dirigí mis pasos esa jornada repetida, pues poco a poco empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Algo vago como un presentimiento se hizo al fin hueco en mi pecho. Y comencé a preocuparme.

Hacia mediodía consumí los mismos alimentos que en la precedente había engullido, sin hambre; bebí los mismos caldos; me derrumbé en la cama de la misma manera desconsolada y cansina; me levanté una media hora más tarde, con la misma sensación de ahogo que en la víspera me aprisionó la garganta; las mismas lágrimas bañaron mi rostro entonces, pues sabía con claridad estremecedora a lo que estaba abocado.

Decidí salir a la calle y romper así la simetría. Pero no pude hacerlo. Recordé los desesperados esfuerzos que todo eso me había costado en otro momento, hacía veinticuatro horas justas. Una y otra vez regresé a esa puerta cerrada, aunque de sobra sabía que jamás llegaría a franquearla. En mi desesperación, cogí el teléfono; lo colgué sin hacer llamada alguna; volví a la puerta, al teléfono, con el abatimiento del tigre enjaulado, con el abandono de la falta de fuerzas ante lo que se sabe ineludible. Pensé en saltar por la ventana, pero me di cuenta de que ya lo había pensado y de que me iba a ser del todo imposible hallar una solución no sopesada con anterioridad, en ese cuarto, en esa jaula idéntica de tiempo repetido. Por último, me relajé en mi asiento y fui testigo de la caída de la tarde. Era miércoles, veinticinco de enero. Una fría luz difuminada, como corresponde a esa época del año, se agolpaba en la sala. Los muebles en el cuarto se tornaron con el tiempo fantasmales, atenuándose de una manera ilógica, hasta que desapareció por completo su aparente consistencia. Ni siquiera me molesté en dar las luces de la casa.

Hacia las doce una fuerte brisa comenzó a sacudir todos los cristales del edificio, haciendo que me estremeciera en el asiento. El fuego no se había encendido en todo el día, y por lo tanto el frío se había alojado junto a mi persona. Supe que jamás alcanzaría las cerillas sobre la repisa de la chimenea; que todos mis actos iban a ser duplicados exactos aquella noche de esa otra; que no me levantaría hasta pasadas las cuatro de la madrugada y que, para entonces, tendría que haber pasado mucho tiempo para que me diera cuenta de que el viento había cesado, de que la palidez de la luna iluminaría una estrecha franja del cuarto, alargando la silueta de los objetos más próximos a la ventana. Desde mi rincón intuiría la vaga forma de un espejo; la forma inconcreta de un mueble cualquiera conseguiría llenarme de congoja, dejándome la sensación de vacío que aún hoy puedo sentir de vez en cuando.

Al tiempo de levantarme, un pesado cenicero se volcaría sobre la mesa. No me preocuparía por limpiar nada. Tampoco miraría por encima del hombro, cuando atravesara aquella puerta...

domingo, 21 de febrero de 2010

La Casa de los Mil Espejos - Enrique Mariscal

Hace tiempo, en un lejano pueblo, había una casa abandonada.

Cierto día, un cachorro, buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero en el portón de la residencia. Subió lentamente las viejas escaleras de madera hasta que se topó con una puerta semi-abierta: y se adentró en el cuarto, cautelosamente. Con gran sorpresa, se dio cuenta que dentro de esa habitación había mil perritos más observándolo tan fijamente como él a ellos, y vio asombrado que todos los cachorros comenzaron a mover la cola, exactamente en el momento en que él manifestó alegría. Luego ladró festivamente a uno de ellos y el conjunto de canes le respondió de manera orquestada, idéntica. Todos sonreían y latían como él.

Cuando se retiró del cuarto se quedó pensando en lo agradable que le había resultado conocer el lugar y se dijo: " Volveré más seguido por aquí."

Pasado un tiempo, otro perro callejero ingresó al mismo ambiente. A diferencia del primer visitante al ver a todos los congéneres del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo miraban de manera agresiva, con desconfianza. Empezó a gruñir; y vio, maravillado, como los otros mil perritos hacían lo mismo que él. Comenzó a ladrarles y los otros también hicieron lo mismo ruidosamente.

Cuando salió del cuarto pensó: "Que lugar tan horrible es este. Nunca regresaré."
Ninguno de los canes exploradores alcanzaron a reparar en el letrero instalado en el frente de la misteriosa mansión": "La casa de los mil espejos."

Los rostros que observamos del mundo son espejos. Tu mirada es todo lo que consigues obtener de la realidad. Cada percepción demuestra las posibilidades de proyección y de captación que nos permitimos.
Las cosas más bellas de la vida no se ven, se captan con el corazón.

Si las puertas de la percepción estuviesen totalmente abiertas descubriríamos que navegamos en el infinito. Como están semi-cerradas, la vida, al igual que el eco, o el espejo, nos devuelve lo que hacemos. La visita por la casa terráquea es muy fugaz.

Consigue un espejo, sonríele al personaje que aparece y no te enojes no te asustes si te contesta con una divina carcajada.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Me Encanta Dios - Jaime Sabines

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de manos.

Nos ha enviado algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo-, la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso, que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de la luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.